“Las chicas” y la violencia silenciosa

Hoy os traigo la cara B. Porque no todo va a ser echar mierda sobre best-sellers (como aquí). Cierto es que la relación que tengo con los best-sellers es de desconfianza. No conozco los mecanismos que se esconden detrás de la aparición de un libro que ya de por sí es creado con la intención de ser difundido a muchísimas personas. Pero, viviendo todos en armonía y opresión bajo el techo del capitalismo, creo que podemos deducir que los intereses del mercado editorial son los que son. Y que la calidad de los libros… Bueno, digamos que no es la prioridad muchas veces. El ruido que provocan los best-sellers es ensordecedor, tanto que muchas veces no escuchamos a los demás libros. ¿Marketing y difusión significan calidad? O en el caso concreto del libro del que vamos a hablar ahora: ¿el prestigio del New York Times — y el prestigio de manera general — es un horno creador de obras que merecen la pena? Mazo preguntas, mazo.

tenor
Yo cuando me pongo a pensar en el mercado editorial.

Aun así, a veces es necesario tomar un poco de distancia con los prejuicios que podamos tener de un libro, así que decidí leerlo. Y ya de manera más personal, pensé que era una buena forma de refrescar el inglés en mi cabeza también. Que ya que digo esto, disclaimer: os aviso de que las citas en el artículo las he traducido yo, así que seguramente estén regular lol qué se le va a hacer.

Las chicas es una novela de ficción ambientada en los años 60 y vagamente en la historia de Charles Manson. El lector quizás espere que la trama esté centrada en el personaje inspirado por Manson — Russell en el libro — pero no. Esto constituye de por sí una decisión política y va orientando al lector desde el mismo título sobre la postura que toma el libro (y quizás la autora) y sobre lo que nos va a contar. Todo esto constituye un gran desafío para Cline, quien utiliza a uno de los asesinos mas conocidos de la historia como simple background para contar otra cosa radicalmente diferente, para hablar sobre las chicas.

“Volví la mirada por las risas, y seguí mirando por las chicas.”

Esta es la primera frase del libro y es todo transparencia y declaración de intenciones. Las chicas es la historia de la construcción del “yo” femenino y adolescente en una sociedad machista y de la repercusión de este proceso en la edad adulta. La línea narrativa inspirada en la historia de Manson es una excusa que permite a Cline explorar las relaciones de poder, entre otras muchas cosas. La narración se balancea entre los años 60 (la adolescencia de Evie, la protagonista) y la actualidad, siendo ya Evie una persona adulta. No quiero sucumbir a los spoilers, pero tengo que decir que una de las grandes hostias que te pega este libro es el darte cuenta de que, aunque haya pasado el tiempo en la vida de Evie (y en la nuestra), hay cosas que siguen igual. El miedo es el mismo. Creo que uno de los grandes éxitos de este libro es justamente ese: conseguir que determinados momentos o determinadas frases resuenen en la cabeza de las lectoras, casi de manera insoportable.

“A esa edad, me sentía insegura de cómo moverme, si andaba demasiado deprisa, si los demás podían ver mi incomodidad y rigidez. Como si todo el mundo estuviera continuamente midiendo mi conducta y juzgándola insuficiente”

El libro explora grandes cuestiones en la vida de las mujeres, como nuestra relación con otras mujeres, nuestras inseguridades, nuestra sexualidad, las grandes diferencias entre nuestra educación y la de los chicos, la hipersexualización, las relaciones familiares, la cultura de la violación… Todos estos temas surgen en la narración sin que parezcan forzados, sino de manera natural y coherente con la trama. La historia engancha y está muy bien, pero lo que de verdad destaca en el libro es la psicología del personaje de Evie.  Al final, Russell, el rancho y las actividades que se hacían dentro de él, todo eso nos da un poco igual. Pero seguimos queriendo ver a través de los ojos de Evie y entender por qué hace lo que hace. 

Creo que la mayor dificultad a la hora de escribir este libro ha sido cómo conseguir que la violencia silenciosa prevalezca sobre la violencia física de varios crímenes a sangre fría que cuentan además con cierta resonancia histórica. El libro está escrito de tal forma que, en realidad, el crimen que más peso tiene en la narración está perpetrado por todo el mundo. Todo el tiempo. El sexismo empapa cada conversación, cada relación, cada decisión. Cuántas veces habéis estado en la parte trasera de un coche con dos hombres en la parte delantera intentando formar parte de una conversación sin conseguirlo. Cuántas veces habéis analizado escrupulosamente a otras mujeres comparándolas con vosotras mismas. Cuántas veces habéis esperado a que alguien os preste atención en vez de tomar la iniciativa. Evie crece con este tipo de situaciones que van forjando poco a poco su carácter. Silenciosamente

La nueva ola del feminismo actual nos deja un poco con la misma sensación muchas veces. Por una parte, es como respirar aire fresco. Estamos aprendiendo muchísimo las unas de las otras, dejando de lado la “rivalidad femenina” — que tanto nos han metido en la cabeza — para apoyarnos mutuamente. Sabemos identificar cada vez mejor las situaciones de opresión en nuestro día a día, y eso es súper importante. Pero por otro lado, toda esta luz de golpe crea muchas sombras: nos sentimos decepcionadas muchas veces porque somos más conscientes que nunca de todo lo que está mal, que es mucho. Vemos películas y leemos libros que antes nos encantaban y que ahora nos aparecen llenos de machismo. No vamos a dejar de consumir según qué producciones culturales por eso, pero somos conscientes. No vamos a dejar que este tipo de cosas nos frenen, pero somos conscientes. Abrir los ojos duele, pero los necesitamos para ver. Con Las chicas, la sensación que tenemos al cerrar el libro es la misma: estamos juntas en esto, pero vaya puta mierda.

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Camilla Läckberg y los espaguetis

Ya me fastidia abrir el blog con un libro que no me ha gustado, ya.

Tengo que aclarar, antes de empezar, que esta es mi opinión (que puede ser también una opinión de mierda, qué quieres que te diga). Esto puede servir también como introducción al blog en general. No me he hecho un blog para hacer mi trabajo, me he hecho un blog porque estoy hasta el coño de mi trabajo. Lo que sigue no es un análisis científico del libro. Bueno que eso. 

La princesse des glaces
Esta fue la edición que me leí, con estas niñas de El resplandor tan apañás.

Por una cosa o por otra, no me he cruzado con muchas novelas policiacas o de género negro en mi vida. Supongo que en parte por culpa de mis estudios, en los que este género y todas sus variantes no han tenido peso ninguno (al menos en mi recorrido, vamos a dejar un guiño a Zapa por aquí). Por otro lado, yo también podría haberme interesado antes, pero no lo he hecho. Lo cierto es que no tengo ni idea de este tipo de literatura y hace unas semanas quise poner fin a eso y adentrarme un poquillo en esa estantería de la biblioteca compuesta — esencialmente — de cubiertas negras.

Uno de los problemas de los best-sellers es que quieras o no, te los meten por los ojos. Yo conocía a Camilla Läckberg sin conocerla. Simplemente fui a la biblioteca y cogí el libro. Influyó también el hecho de que fuera una mujer, ya que me he propuesto joder al canon todo lo que pueda este año. Entonces me dije “por qué no, si mientras no hagas lo que tienes que hacer…”.

Luego me terminé el libro y supe por qué no.

La princesa de hielo es un libro horrorosamente mal escrito. Es un conjunto de fórmulas y expresiones repetidas “x” número de veces (entendiendo “x” como número largo larguísimo). Algo que parecen tener en común los escritores de best-sellers, que parece que tienen la pared llena de post-its con las frases que tienen que utilizar y las van alternando. Mira, no. Si abres el libro por una página al azar, seguramente te encuentres con la siguiente estructura de párrafos: “Fulanito salió…, diálogo, Fulanito se dio cuenta…, diálogo, Fulanito se rascó la cabeza dos veces…, diálogo…”. Repitiendo las mismas estructuras, las mismas frases, los mismos verbos y las mismas situaciones en un libro de 509 páginas eres un cansino, qué quieres que te diga, no tienes perdón de Dios. Pero mira, hay libros mal escritos que se pueden disfrutar, que enganchan, aunque seas consciente de que no es una buena producción. Esto formaría parte de lo que la gente llama como guilty pleasures y que a mí me toca la moral, porque la vida ya es una puta mierda como para sentirse guilty por leer un libro. De todas formas, este no es uno de esos casos.

Desde el principio hay ciertas situaciones que dejan al lector con la mosca detrás de la oreja. Las primeras veces pensé que Läckberg lo hacía expresamente para con ánimo de denunciar, al final del libro me quedó claro que no y esto fue lo que básicamente me hizo querer tirar el libro por la ventana (pero no era mío). Os voy a dejar un fragmento como ejemplo (traduzco como puedo):

– ¿Qué nos has preparado?

Patrick se golpeteó el vientre para mostrar que la comida sería bienvenida.

– Espaguetis a la boloñesa.

– Mmmm, me gusta. Eres todo lo que un hombre podría soñar, ¿lo sabías?

Patrick se deslizó tras ella, la rodeó con sus brazos y comenzó a besarle la nuca.

– Eres sexy, inteligente, fantástica en la cama, pero sobretodo, y es lo más importante de todo, eres una excelente cocinera. Qué más puede pedir un hombre…

Läckberg, te falta escribirlo en mayúsculas para que el bofetón termine de ser real. También explícame ya que te pones qué tienen de especial unos espaguetis a la boloñesa, hijo mío, si con 30 y pico años no sabes hacer unos espaguetis pregúntate un par de cosas.

Esa “excelente cocinera” es Erica Falck, personaje presentado como uno de los protagonistas de esta serie de libros. Evidentemente esto me atrajo: género desconocido, literatura escrita por mujeres que pone a mujeres en roles importantes. Encajaba en mi propósito. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que este personaje queda relegado a una relación amorosa y que sí, forma parte de la investigación en cierta manera, pero en plan contándole cosillas a su novio mientras se comen unos espaguetis. La construcción del personaje de Erica es más plana que la Siberia extremeña y parece ser que su vida gira en torno a los hombres. Como el de todas las mujeres en el libro. Se pasa el libro intentando meter tripa, cocinar, estar guapa para él. Y a él, aunque no esté maquillada, ella le parece preciosa. Qué pereza para mí, y qué peligroso para un lectorado más joven. Otros personajes maravillosamente construidos son el jefe de policía, Mellberg, un personaje para nada estereotipado. No es para nada el policía vago que espera a que los demás hagan el trabajo que él debería hacer. Para eso ponte mejor un episodio de Los Simpsons.

Dejando aparte a los personajes y adentrándonos un poco en las marcas del género, creo que hay unos principios, unas bases de la literatura policiaca que son evidentes. Cuando abro una novela de este tipo, lo que espero encontrar entre las páginas son crímenes, detectives, suspense. Espero seguir una investigación en su desarrollo, encontrar una serie de indicios que me conduzcan a hipótesis. Espero aventurarme a realizar una acusación y equivocarme, porque no es evidente, porque el autor está jugando conmigo y – sobretodo – está confiando en mi inteligencia. Camilla Läckberg nos da los indicios con cuchara y luces de neón, indicios que además parecen encontrarse debajo de cada alfombra, un poco por aquí y un poco por allá, por casualidad. Creo que gran parte del problema viene de la noción de suspense: no se trata solo de darte parte de una pista y no revelarte lo que es hasta el capítulo siguiente. Es un mecanismo mucho más complejo que requiere la inteligencia y la participación del autor y del lector. Si no, no funciona. Si no, el lector se descuelga y queda relegado, como Erica, a la pasividad absoluta.

Lo cierto es que lo único bueno que puedo decir de este libro es que me daba ganas de beber café, y el café me gusta mucho. Como Erica pasa la mayor parte de su tiempo en casa cocinando y haciendo café para medio pueblo pues eso, que me llegaba el olorcillo del café y eso es de apreciar. Acepto – y sobre todo pido – vuestro consejo en cuanto a novela policiaca y género negro se refiere y si alguien tiene apuntes de Zapa acerca de esto pues los acepto también. ¿Debería continuar a leer esta serie?